En 1893, durante una de sus excursiones a la Patagonia argentina, Francisco P. Moreno observó correr a dos indias hacia el interior del Nahuel Huapí. Sostuvo la mirada sobre sus jóvenes cuerpos, con estupor, cuando éstos se sumergieron como sirenas en las entrañas del lago. Como no las vio salir por horas, acudió al cacique Quichahuala para pedir permiso de acceder al lugar y estudiar qué había ocurrido con ellas. Concedida la entrada, a través de sobornos que procuraban al jefe de la tribu recuperar unos caballos injustamente confiscados, la travesía comenzó. Moreno describió en sus cuadernos, con extensa admiración, la magnífica belleza del lugar y la riqueza de muestras que de allí extraería para poblar, años después, su museo. Pero de esta preciada andanza se llevó también disgustos. Descubrió que, cansados los indios de perder a sus hijas en manos de hombres blancos que se hacían llamar exploradores de flora, fauna y de los últimos vestigios de una raza humana ya casi agotada, les cargaban piedras en sus vestiduras y las hacían correr hacia el Nahuel Huapí. El curandero de la tribu las bendecía antes de partir, augurándoles una mejor vida de la que llevarían aquí. Pero a esto Moreno decidió omitirlo de los cuadernos. En lugar de ello, describió como una locura perversa el amor que los salvajes sentían hacia aquel espejo de agua helada, en el que tantas almas lloraron su desdicha, fruto de la condición de una raza primitiva, ya casi extinta… ya casi olvidada.
martes, 15 de septiembre de 2020
martes, 8 de septiembre de 2020
La sintaxis que atraviesa al mundo
Notas al margen de mi libreta, un día cualquiera:
Café, ducha, estudio. La cuota diaria de noticias: Twitter, Facebook, Instagram. Unos mates. Salir a correr tres veces a la semana. Comer sano, dejar de ingerir grasas saturadas. Estándares, marcas, consumo: nunca parece suficiente. Buscar trabajo, preocuparse un rato, maldecir. Hacer terapia. Leer para perderse en otros mundos. No poder hablar. Enfrentar la imposibilidad de elegir palabras, la falta de ingenio, los complejos: ¿qué van a pensar de mí? Dormir para apagar la cabeza. Rogar no pasar otra noche en vela. En realidad, ¿en algún momento me despierto? A veces siento que estoy presa de esta sintaxis que atraviesa al mundo como si fuera un sueño de mal gusto.
Orden. Construir un proyecto de vida acorde, ¿acorde a qué? Vivir sola. Escuchar música, bailar de vez en cuando. Evitar enamorarme profundamente. Preferir la seriedad antes que al humor infantil. Ver seguido a los amigos. Dejar de hacer tantos chistes, menos en ambientes académicos. Comprar más libros, para habitar más mundos (que no sean este).
La sintaxis. ¿Exactamente en qué momento me la cuestioné? No sé, ya ni me acuerdo. ¿Todavía importa?, da igual. Si de todos modos, es imposible desprenderse de ella. Quiero decir, ¿quién perdería la sintaxis? Es suicido, condenarse al ostracismo, abrir de par en par las puertas al siempre predispuesto jurado, ávido de miradas de reprobación, para acusarnos de una locura irremediable. ¿Acaso alguien en su sano juicio lo haría?
El pasaporte para que nos dejen en paz, dice Almeida, es no perder la sintaxis.
Yo más bien pienso que es la cláusula irrevocable que nos mantiene dentro de una jaula.
martes, 1 de septiembre de 2020
La irreversible pérdida de la existencia
Seis días.
Un grupo de personas llora la desaparición de un joven adolescente. Caminan y arrastran sus alpargatas bajo el sol de medio día, despertando el polvo de la tierra. El padre conduce la muchedumbre con los brazos cruzados y la mirada perdida al cielo. Nada duele más que el ciclo que no termina.
Cinco días.
Despistado, un hombre cruza un semáforo en verde, provocando una cadena de choques entre los automóviles que intentan sortear su famélica figura. Lleva una boina de carpincho y una campera de lana gruesa, que iluminada por las luces de los autos, reluce la falta de un botón.
Cuatro días.
Un locutor de radio comenta curioso sobre el extraño evento que sucede en una casa abandonada. Aparentemente, todo el que entra pierde el tiempo.
Tres días.
Llorando desconsolado, un niño corre descalzo por un laberinto de jacarandás, tilos, siempre verdes y ceibos entre las calles, callecitas y veredas de una ciudad perdida en el norte cordobés. Busca un juguete extraviado.
Dos días.
Existen hechos que no tienen nada en común y al mismo tiempo, lo tienen todo. Se hamacan entre el paso de los años y los recuerdos. Van dejando huellas en el camino, cicatrices en la piel. ¿A dónde va todo aquello que desaparece?
Un día.
Si se indaga en la historia durante mucho tiempo, también se corre el peligro de perder el argumento.
Fin.