En 1893, durante una de sus excursiones a la Patagonia argentina, Francisco P. Moreno observó correr a dos indias hacia el interior del Nahuel Huapí. Sostuvo la mirada sobre sus jóvenes cuerpos, con estupor, cuando éstos se sumergieron como sirenas en las entrañas del lago. Como no las vio salir por horas, acudió al cacique Quichahuala para pedir permiso de acceder al lugar y estudiar qué había ocurrido con ellas. Concedida la entrada, a través de sobornos que procuraban al jefe de la tribu recuperar unos caballos injustamente confiscados, la travesía comenzó. Moreno describió en sus cuadernos, con extensa admiración, la magnífica belleza del lugar y la riqueza de muestras que de allí extraería para poblar, años después, su museo. Pero de esta preciada andanza se llevó también disgustos. Descubrió que, cansados los indios de perder a sus hijas en manos de hombres blancos que se hacían llamar exploradores de flora, fauna y de los últimos vestigios de una raza humana ya casi agotada, les cargaban piedras en sus vestiduras y las hacían correr hacia el Nahuel Huapí. El curandero de la tribu las bendecía antes de partir, augurándoles una mejor vida de la que llevarían aquí. Pero a esto Moreno decidió omitirlo de los cuadernos. En lugar de ello, describió como una locura perversa el amor que los salvajes sentían hacia aquel espejo de agua helada, en el que tantas almas lloraron su desdicha, fruto de la condición de una raza primitiva, ya casi extinta… ya casi olvidada.
martes, 15 de septiembre de 2020
martes, 1 de septiembre de 2020
La irreversible pérdida de la existencia
Seis días.
Un grupo de personas llora la desaparición de un joven adolescente. Caminan y arrastran sus alpargatas bajo el sol de medio día, despertando el polvo de la tierra. El padre conduce la muchedumbre con los brazos cruzados y la mirada perdida al cielo. Nada duele más que el ciclo que no termina.
Cinco días.
Despistado, un hombre cruza un semáforo en verde, provocando una cadena de choques entre los automóviles que intentan sortear su famélica figura. Lleva una boina de carpincho y una campera de lana gruesa, que iluminada por las luces de los autos, reluce la falta de un botón.
Cuatro días.
Un locutor de radio comenta curioso sobre el extraño evento que sucede en una casa abandonada. Aparentemente, todo el que entra pierde el tiempo.
Tres días.
Llorando desconsolado, un niño corre descalzo por un laberinto de jacarandás, tilos, siempre verdes y ceibos entre las calles, callecitas y veredas de una ciudad perdida en el norte cordobés. Busca un juguete extraviado.
Dos días.
Existen hechos que no tienen nada en común y al mismo tiempo, lo tienen todo. Se hamacan entre el paso de los años y los recuerdos. Van dejando huellas en el camino, cicatrices en la piel. ¿A dónde va todo aquello que desaparece?
Un día.
Si se indaga en la historia durante mucho tiempo, también se corre el peligro de perder el argumento.
Fin.