jueves, 6 de agosto de 2020

Estatua

A menudo siento que la piel me asfixia los huesos y aunque quiero salir corriendo, sólo atino a quedarme parada. El día y la noche se suceden mientras estoy así, quieta en una esquina, en el medio de la nada o en el medio de todo. Tengo los ojos bien abiertos, endurecidos como cartón. Ni las lágrimas me salen, ni las sonrisas me delatan, ni el sueño me alcanza. Al cuerpo lo tengo tieso, desnudo. Es mío pero lo siento distante, lejano, perdido. Si me pellizcan los brazos no voy a sentir dolor y si me besan el cuello tampoco voy a sentir placer. He dejado de ser una obra de arte, si es que alguna vez lo fui, porque esta desnudez no muestra nada de mí. Es un disfraz. Recubre mis pensamientos, deseos, ideas, anhelos. Los transforma para el ojo ajeno. Para la observación del sabio, la contemplación del artista, el juicio del religioso, el descrédito del escéptico. Permanezco inmóvil, expuesta en una pose cuidada, poco reveladora. Busco refugio dentro de la dureza que me recubre pero sólo encuentro las astillas de un cristal envejecido, roto. Me lastimo, sangro, gimo.

La luz se enciende, me parece ver acercarse a la niña que alguna vez fui. Extiende sus brazos, cierra los ojos… llora por mí.

jueves, 23 de julio de 2020

Los objetos


En la ausencia recurrimos a objetos: los buscamos incansablemente hasta hallarlos. Hurgamos entre la arena que se escurre con las voces, los rostros, los momentos compartidos, las anécdotas. Rasguñamos las superficies hasta sangrar, descolgamos los marcos, deshojamos los libros, vaciamos el ropero, guardamos el perfume, los juguetes, las cartas. Anhelamos encontrar en ese pedazo de materia, aparentemente inerte, algo con vida. Una canción, algún mimo de la infancia, una aventura, una despedida, la última sonrisa, el último beso, palabras. Algo que nos acerque a lo que no está, lo que no es, lo que no será, lo que pudo ser. Recorremos con nuestros dedos lomos de viejos muebles, algún lugar en la mesa, portarretratos, medallas, títulos, trofeos, prendas de ropa, sortijas. Ansiamos con cada milímetro de nuestro nostálgico cuerpo un choque de energía, enredar nuestras manos en los cabellos de algún ángel, sumergir los brazos en viscosos vestigios de un pasado feliz. Efímero, tan efímero. Acercamos los objetos a nuestro cuerpo, labios, frente, pecho. Los apretamos fuertemente, les hablamos, lloramos sobre ellos, en ellos, a través de ellos. Los hay quienes rezan. Otros se enojan, blasfeman y se culpan inútilmente. Las pérdidas son duras y los objetos que nos las recuerdan también lo son. Pero hay incluso algo más doloroso
y es no tener ninguno.

viernes, 3 de julio de 2020

Rito de iniciación

Palabras.

Se camuflan entre las hojas de un viejo algarrobo, resbalan sobre el tejado y sucumben ante los maullidos de un gato hambriento, expectante a dar el salto, deseoso de clavar sus dientes en algún cuerpo. Se escabullen entre los pasillos, los balcones, las paredes, los rincones. Parecen refugiarse en todas las cajas, cajitas y cajones de la casa. Me obligan a abrirlas una por una, diseccionarlas, recorrer las habitaciones, dar vuelta los colchones, ¿dónde esconden su secreto?
A la escalera le faltan peldaños, la silla no tiene patas, el espejo está roto y las cartas quemadas, ¿qué le da vida a estas cosas? Si ya no son la explicación de lo que solían ser ¿porqué seguir llamándolas escalera, silla, espejo, carta? 
¿Y yo? ¿Cómo se supone que debo definirme? Si estoy tan rota que me he convertido en microfragmentos indeterminados, abstractos e inconclusos de mí misma.  

Palabras.
Discursos.
Presentaciones.
Intentos desesperados por saberme viva
                                                               ¿Qué digo sobre mí?